septiembre 03, 2006

Iniciación bloggerística

Este es un texto que se escribió hace un año, casi por sí mismo, yo sólo fui pretexto de las letras que quisieron salir para compartir lo que un alguien, 'el Alguien' empezaba a ser en mi vida.

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El espejo...


"Yo vivía en un desierto de emociones, cuando lo conocí"

Musset, L'enfants du siècle

Vi su piel, su nariz, sus manos, las uñas que sobresalían de sus yemas y los rizos que, libres, se sacudían a su andar, dándole apariencia de adorable criatura de ojos inescrutables. Lo vi, sí, y la conversación primigenia fue una minucia; la secuencia siguiente fue el escupitajo ácido de un sarcasmo que me permitió una hojeada a su desmedida polisemia.

Vivía en la desolación de dos cuerpos que miserablemente se unen para evadir y evitar momentáneamente la soledad, confundidos en humedades y vapores. Desarrollé la armadura que va acorde a mi generación 'anti-emociones' y sufrí la consecuencia del hedonismo auto-saboteado. La agonía de vivir sin la ilusión de la inocencia acrisoló la careta al verme en su mirada, al sentir, de pronto, el repentino y espontáneo rubor -y la sonrisa 'delatora' consecuente- que llegaba a mi rostro inoportuna e insistentemente toda ocasión que apareciera por el umbral que nos separaba.

Al principio, debo decir, estaba inmersa en la cristalina -pero opaca- relación que con el mundo tenía y no lograba percatarme de lo que esos ojos podían ofrecer a un universo tan desquiciadamente abrumado y sombrío como el mío, de escasos azules lunares nocturnos y odiseas telefónicas con espejos que deforman el reflejo. Pero llegó el día que hube de mirarlo (ciertamente no eran las pestañas más curvas ni los labios que yo deseara) y encontré mi 'mundo perdido', la tan citada 'edad de la inocencia' que creí dejada atrás para dar paso a la "madurez" que otros me instaban a tener. Justo ahí, al paso de los días, de las ausencias de unos y las verdades de otros, retorné a lo que con tanto ahínco deseaba dejar -y por un momento dejé-: la magnificencia del beso adolescente, la belleza de una noche que, estrellada y clara, dejaba paso a la luna y al suspiro marino para que, en conjunto, no permitieran que despegara mi mirada de lo que me representa y lo que me es: el espejo más secreto, el reflejo más exacto y con tantos ángulos y recovecos como pude imaginar.

(Cuando he dudado que lo sea, cuando más ganas he tenido de romper la exactitud de los movimientos, las actitudes o impulsos que el subconsciente insta, algo, alguien o la remembranza tienden la red que me detiene [como ‘dice’ Neruda “cuando todo me dice que un día ha terminado, tú y yo hemos estado juntos, construyendo una casa que no dura ni muere”, o en palabras de Cortázar, “siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”]).

Y aunque no sé si siempre lo será, hoy reconozco que el desafío de sus palabras y el toque inapropiado –y ocasionalmente cruel- que les imprime, hace que desee ser mejor; no obstante, la misma naturaleza que nos hace comunes –o afines- nos separa, mientras que lo mío es interior, reflexivo y sensible a las espinas que de cuando en cuando aparecen de su deseo por romper las reglas que su ‘orden cósmico’ le marca, y soy el receptor de lo que sólo en sus ojos se vislumbra –y que pese a ello, no termino de conocer-, lo de él es una mezcla de mundanidad carnavalesca con formalidad y compromiso inherentes, ello, aderezado con un guiño facial y un toque de ron. A veces es un laberinto –como su cabello- y en ocasiones se vuelve gato, ronronea y cede ante una mirada o el roce de unos dedos que, lánguidos repiquetean en su costado, hedonísticamente sorprendido.

Written by DTGL/Ago05