Cierro los ojos y estoy en un cuarto, mi cuarto, el espacio donde he querido habitar desde tiempo ha. El blanco predomina: las cortinas, las paredes, el edredón que cubre mi cama, las cortinas que se mueven al vaivén del viento, la falda y blusa que me cubren...
Me tiendo sobre la cama, junto a la ventana, mis pies juegan con la cortina, miro a través de ella y se me descubre el azul celeste que contrasta con la verdosidad de un árbol. Cierro los ojos, el olor dulce de la limonaria se enreda con el aire para llegar a mí.
Al otro lado escucho el rugido del mar, llega la brisa, revuelve mi cabello, lo alborota y llena de energía. Mis pies sienten la finura de la arena estática y movible debajo de ellos, algunos gránulos se adhieren a mi piel. Las olas, infinitas. El sol que se pasea por encima mío, regalándome posibilidades de ángulos para verme, rociando su luz sobre mí y descendiendo para ofrecerme la frescura de la noche.
Ahora es ella quien me acompaña, redonda, menguante o creciente, con su corte de estrellas titilando. Haciendo movimientos lentos y exactos, trazando la ruta que habrán de seguir para llegar a su destino diurno.
Miro la pantalla, he vuelto.
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