La imagen que ahora mismo tengo desde mi ventana es poética en algún sentido que aún no descubro.
La lluvia, gota tras gota llega al suelo, la tierra, las plantas, los techos de las casas e incluso a lugares que no puedo ver o imaginar. Ver el agua, dotando de vida al suelo para seguir ofreciendo vida a las flores de los vecinos de enfrente, al cerro con el que convivo diariamente y que resguarda casas para seres de los cinco reinos, resulta reconfortante después de tantos días de calor intenso e inusual en esta ciudad que como cosa más preciada tiene la vegetación de un clima que resguarda bosques de niebla.
Han pasado aproximadamente cinco minutos desde que las gototas empezaron con su ejercicio de caída libre y se aprecian nubes bajas y densas, lo que augura la continuidad.
Me siento bien. Segura y cofortada. Aún no hay calma total en mi cabeza ni esa paz mental que tanto he anhelado. Me faltan asuntos a los cuales prestar atención y modificar que todavía asustan mis sueños por las noches y de vez en vez me hacen derramar alguna lagrimilla, pero así como durante la lluvia fuerte y espesa caen truenos y los relámpagos anuncian su llegada, después de que el cielo llora, la tierra mantiene con vida la vida y de sus entrañas emergen plantitas destinadas a ayudar con el oxígeno, que además brindan sombra en tiempo de calor y por si fuera poco, comparten alegría con sus colores.
Sí, este paisaje es poético. Es alguna metáfora de alguna imagen, de alguna visión.