Estas noches han estado colmadas de estrellas, titilando en su lugar, muy fijas, inamovibles, pero ayer que salí del gimnasio sentí como si todas ellas se hubieran reunido en un punto determinado, en alguna latitud, a mirarme desde ahí. Caminé bajo su custodia y su curiosidad, y mientras levantaba la cara para dar un trago de agua, las vi. Todas arremolinadas por encima mío, hubiera bastado un dedito travieso que las tocara para que cayeran todas sobre mí.
Repentinamente me sentí abrumada de verlas, tantas, todas ellas, como chispitas en un pastel. Debí detener mi caminata un momento con la cara todavía hacia arriba, sintiendo cómo, si no ponía bien mis pies en el suelo, aquel cielo que miraba me envolvería y me haría una más de sus chispitas brillantes. Al sentir que me absorbía corrí, y bajo amparo de los aleros me sentí un poquito más segura. Respiré profundo para salir del éxtasis cuasi terrorífico, me encontré con un perro y, andando, me escoltó casi hasta llegar a casa.
Una vez en mi ventana, segura de que no sería succionada por el cielo, volví a mirarlo y a mirarlas. Ya no parecían tan amenazantes.