La actividad diaria, levantarse, invertir tiempo en la elección del atuendo que mirarías cuando llegara, el beso casi inesperado de la cocina, las horas de trabajo que corrían para salir a lo abrumante del sol en la cara, sin piedad.
Llegar a casa, refrescarse, esperar la tarde-noche en la parada del autobús. Volver.
Bendita rutina desquiciante que se rompía con caminar a la orilla del mar, con tu brazo rodeando mis hombros. Caminar de la oficina a la casa, jugar, hablar, dormitar.
Fines de semana donde la rumba y el baile formaban parte del marco de una vida que anhelo, de la que fui parte, a la que siento pertenecer.
Bienamados fines de semana que recuperan, de a pocos, el bienestar y la dicha de permanecer junto a ti, el sol, viento y mar.